Espacios públicos, egoísmo urbano
El miedo al otro, a lo desconocido, es quizá uno de los principales problemas de nuestra sociedad. Es hora de desterrar de la vida cotidiana el egoísmo urbano; esa tara cultural que impide a los limeños comulgar con sus pares en un espacio fraterno, donde todos somos iguales.
Publicado de Aug 9 2013
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Un exalcalde miraflorino algu­na vez me contó, muy fasti­diado, lo difícil que había sido colocar unos juegos para niños en un parque de su distrito. Los vecinos in­mediatos no querían que se instalen; preferían que los niños no tengan ac­ceso a columpios ni toboganes. Los ar­gumentos, en realidad, eran variados: desde que los niños harían mucha bulla, hasta que sus perros tendrían menos espacio para correr. Quizá va­rios de los vecinos estaban, realmente, preocupados por su tranquilidad y la de sus mascotas. Sin embargo, al alcal­de le quedó claro que el principal pro­blema no era ese, sino que “iba a llegar gente de otros distritos a su parque”, como bien se lo hizo notar un vecino, sin mostrar una pizca de vergüenza.

Esta situación se repite en muchos distritos. Por ello, los funcionarios mu­nicipales muchas veces se encuentran ante un dilema: ¿a quiénes deben aten­der? ¿A los residentes –muchos de los cuales representan votos en las eleccio­nes de su municipio– o al resto de la población, que tiene derecho a usar y disfrutar de los servicios que se ofrecen en distintas zonas de la ciudad?

El mismo problema se da con otro tipo de actividades urbanas. El uso del espacio público para manifestacio­nes artísticas o deportivas, por ejem­plo (ni qué decir para la expresión de protestas ciudadanas), suele generar una ola de reclamos, generalmente enfocada en la obstrucción del trán­sito vehicular. Los principales oposi­tores al Ciclodía, por poner un caso que hemos analizado en Lima Cómo Vamos, suelen espetar este argumen­to: lo terrible que es tener que esperar unos minutos más de lo normal para cruzar en sus autos la Av. Arequipa un domingo por la mañana.
Olvidan –o no les importa– el beneficio que una ciclovía recreati­va trae a la ciudad y a los usuarios: la promoción del deporte, la menor contaminación que genera, etc. Para ellos prima el interés personal sobre el colectivo. No están dispuestos a renunciar, ni por unos minutos, a lo que entienden debe ser su derecho in­alienable a moverse en sus autos sin obstáculos cuándo y cómo les plazca (¡Qué lisura!). Se olvidan, además, de que todos, en algún momento, somos peatones. Todos, por A o B motivos, tenemos que caminar por las calles y sabemos lo que es que un auto nos impida el tránsito, o ponga en riesgo nuestra vida.

Ese otro soy yo

Los habitantes de algunos sectores de Lima nos comportamos como ni­ños: somos incapaces de compartir los servicios o espacios urbanos que tene­mos a nuestra disposición, como si se trataran de nuestros más preciados ju­guetes. Somos –en el sentido más es­tricto del término– antipáticos (caren­tes de empatía). No nos ponemos en el lugar de aquella persona que sí está disfrutando de la Noche en Blanco, del concierto al aire libre en el Campo de Marte o del Corso de Wong.
Hace falta un cambio estructural en nuestra forma de relacionarnos con los demás. Tenemos que inter­nalizar la idea de que todos hacemos uso de los espacios de la ciudad en diferentes momentos y en distritos en los que no vivimos. Cuando un veci­no de San Isidro asiste a un concierto en el estadio Monumental, también es parte de una gran actividad que trae impactos en los barrios de Ate. Y su­cede lo mismo cuando esos vecinos de Ate quieren disfrutar de una actividad pública organizada en el malecón de Miraflores o en Barranco.
Aquí el rol de los gobiernos muni­cipales es crucial, ya que la organiza­ción de cualquier actividad que gene­re algún impacto en el barrio (ruido, basura, asistencia masiva de personas, entre otros) requerirá no solo de una adecuada organización (alternativas para minimizar los impactos), sino también una oportuna difusión in­formativa dirigida a los residentes, así como a todos aquellos que estarán in­volucrados, sea que disfruten o no.

Espacios para todos

Volviendo al argumento plantea­do por los vecinos que no querían los juegos infantiles. Decían: no queremos que vengan personas de otros distritos. No hay que ser un experto en semán­tica para detectar un tinte discrimina­torio, que alude a la idea de que no se quiere compartir el espacio con algu­nas personas en particular. Si la discri­minación está en el trasfondo de esos argumentos, entonces hay que poner­la en evidencia, exponerla y lograr que esas razones queden desterradas.

El miedo al otro es un fenómeno común. Una persona se siente más cercana a aquellos que considera sus iguales y esto varía según el contexto en el que se encuentre. Un peruano en el extranjero, por ejemplo, sentirá que pertenece más a una comunidad latina que a una asiática y seguro se acercará a sus pares. Las personas, en general, tienden a buscar los puntos comunes y a rechazar las diferencias (buscan sentirse seguras). Sin embargo, esa búsqueda de seguridad puede conver­tirse en segregación, algo que se debe rechazar por completo, sobre todo en una sociedad como la peruana –y en especial en la limeña–, conformada por un sinfín de culturas. Allí radica, no hay que olvidarlo, nuestra princi­pal riqueza: en la variedad y multi­plicidad de las expresiones culturales que conforman nuestra identidad.

Por eso, es hora de desterrar de nuestra vida cotidiana el egoísmo ur­bano. El uso y disfrute de los espacios públicos es un derecho que tenemos todos los que vivimos en la ciudad, sin importar el distrito de proceden­cia, raza o estrato social. Para que todos tengamos una mejor calidad de vida es necesario que exista una variada oferta de actividades depor­tivas, recreativas y culturales que nos convoquen en el espacio público. Y para que todos podamos disfrutar­las tenemos que aprender a ser tole­rantes, y recordar que tú y yo somos iguales.

Fuente: Revista Vela Verde"